8/6/17

Fanatismo

Aterricé en Marrakech en una época especial, por decirlo de alguna manera, del año. La gente, durante este acontecimiento crucial en sus vidas, se comporta de un modo peculiar; es decir, más de lo habitual. Durante el día no tiene otra cosa en la cabeza, la gente está muy nerviosa e irascible y, al caer la noche, en las fechas señaladas, se reúnen en diferentes lugares para llevar a cabo sus diversos ritos y adorar a sus dioses y profetas. Se puede escuchar así extraños cánticos, himnos y gritos, desaforados en algunos casos. La práctica totalidad de la sociedad está pendiente de este acontecimiento y el que lo ignora lo hace con discreción por miedo a las terribles consecuencias que podría conllevar. El fanatismo se adueña por completo de la ciudad. Criticar este evento implica un altísimo riesgo y la violencia está a flor de piel. El momento álgido, sin embargo, no se hizo esperar; llegó el pitido final. El Madrid había ganado. La Champions había terminado. La normalidad volvía al planeta.

Respecto a haber visitado la ciudad marroquí en época de Ramadán: bien, sin problema. Dicen que la gente está más irritable que el resto del año, por aquello de pasarse el día sin comer y sin beber. No lo sé, era mi primera vez en el país así que no tengo datos para contrastarlo. Aunque sí que nos hemos llevado alguna mala contestación sin comerlo ni beberlo —tú-tú-pá— no me atrevería a achacarlo al ayuno, sino más bien al hecho contrastado de que en todas partes hay cretinos, independientemente de su religión y sus costumbres. Pero en general todo correcto, gente muy amable, amiga del regateo —no del de Cristiano, que también— y muy lista. Tan lista y tan amiga de regatear que hasta le escamotean tiempo al día, cambiando la hora para que la jornada sea más corta y que el iftar, su primera comida nocturna, llegue antes.

Por lo demás, aprendí algunas cosas: que tengo cara de español e italiano, de porrero y de idiota (aunque esto último ya lo sabía yo sin necesidad de salir de casa). No se explica de otro modo que constantemente me ofrecieran hachís por las calles y que me intentaran cobrar 210 dirhams, unos 21 euros, por unas bolsitas de especias. ¡Oro en polvo, chico!

Aprendí también que J. K. Rowling se inspiró en el Zoco de Marrakech, el mercado, para diseñar el castillo de Howarts. Se trata de un laberinto de estrechísimas callejuelas formado por tiendas y tenderetes en los que se venden los artículos más diversos y del que pensé que jamás saldría con vida. Orientarse allí es un honor reservado únicamente para los locales y puedes olvidarte de intentar usar un mapa; los cartógrafos no se atreven a recoger el entramado de sus calles. Puedes tratar de desandar lo andado pero ten cuidado por que, ¡ah, amigo! sus callejas se mueven a voluntad y corres el riesgo de terminar en la sala en la que Fluffy, el gigantesco perro de tres cabezas, custodia la piedra filosofal. Por suerte para el viajero desorientado, hay un millón de autóctonos dispuestos a ayudarte y que te asaltarán para ofrecerte sus servicios en cuanto te vean dudar un instante, consultar el mapa o, ingenuo de ti, levantar la vista esperando encontrar una placa con el nombre de la calle. Existen al parecer tres tipos de estos amables parroquianos: está el honrado, es decir, el que no da indicaciones pero te guía a tu destino a cambio de dinero; el que es un pelín menos honrado, es decir, el que jura y perjura que no tiene intención de cobrarte y que promete llevarte a tu destino pero que en realidad quiere llevarte al sitio en el que trabaja para que compres en su puesto o tienda; y, por último, el mayor hijo de la gran puta que haya visto el mismísímo Mahoma, que es el que se divierte dándote indicaciones falsas por el simple placer de verte perdido. Anonadado, desconfiado y al borde del llanto observas atónito como te indica que la plaza Jamaa el Fna, desde la que entraste hace 90 minutos y a la que quisieras volver, está en una dirección en la que sabes a ciencia cierta que es imposible que esté. ¿O no es imposible? ¿Es posible que se hayan vuelto a mover las calles? Cuando empiezas a dudar de ti mismo estás doblemente perdido...

¡Pero no todo está perdido, mi buen amigo! De vez en cuando, por obra y gracia de la buena voluntad del concello local, aparecen unos letreros, colgando del techo, con algunas indicaciones. Por ejemplo, Jamaa el Fna todo recto. ¡Aleluya! Saltas de alegría, abrazas a tu acompañante, besas a una señora que pasaba por allí. Echas a andar decidido. Todo recto, todo recto. ¡Por fin! Y, así, caminando todo recto por una calle serpenteante, terminas por estrellarte contra un muro. La calleja desemboca en otras dos calles, formando perfectos ángulos rectos, una hacia la derecha, otra hacia la izquierda. Empiezas a angustiarte de nuevo, quizás te salga un risita nerviosa. Oteas tímidamente en una dirección. Ninguna indicación más. Escudriñas en la otra. Ningún letrero. Comienzas a comprender por qué rezan cinco veces al día. La rectitud, en el mercado de Marrakech, está sujeta a la relatividad y tendrás que jugártela a cara cruz o a pito pito gorgorito y apostar por una dirección. El viajero ingenuo pensará que lo mejor sería avanzar un rato por una de las calles y, en caso de no llegar a su destino, volver sobre sus pasos y tomar la otra calle. Ja! You wish! «Volver sobre tus pasos» está, mon ami, sujeto, en este caso, a las leyes de la Energía de la Improbabilidad Infinita, descrita por Douglas Adams (otro célebre visitante del Zoco) en su Guía del autoestopista galáctico: «Es un maravilloso método para atravesar distancias interestelares en unos segundos sin perder el tiempo en el hiperespacio —el Zoco, en este caso—. Cuando el motor alcanza la Improbabilidad Infinita pasa por todos los puntos de cada universo concebible al mismo tiempo. Es decir, usted nunca sabe dónde va a terminar o de qué especie será cuando llegue, por eso es importante vestir apropiadamente».

El intrépido visitante vaga por las callejuelas soñando con pisar de nuevo la plaza, donde promete arrodillarse y besar el suelo si consigue llegar con vida, si es que antes no muere de insolación, sed o inanición, cae fruto de la enajenación o fenece atropellado por una de las dos millones de motos que circulan a toda velocidad por calles de no más de dos metros de ancho.

Es, en definitiva, más difícil salir del Zoco que de la droga, a la que con toda probabilidad el desquiciado viajero termine por recurrir para intentar olvidar la hora maldita en la que se internó en tamaño laberinto.

Vista de la puesta de sol desde la plaza Jamaa el Fna




11/1/17

Por los pelos

¿Qué le pasa a esa gente? Me refiero a esas personas que cuando llaman al ascensor mantienen pulsado el botón durante más tiempo del estrictamente necesario, algunas incluso hasta que las puertas se abren ante sus narices. Es como si pensaran que de esta manera el ascensor va a acudir más rápido, o como si temieran que alguien pudiera robárselo una vez ya pedido por ellos o, lo que es más inquietante, como si creyeran que pueden impedir que esto suceda simplemente por pulsar el botón hasta el fondo.

¡Cuántos incautos se habrán visto arrastrados hasta un piso al que no querían ir porque se cerró el ascensor con ellos dentro mientras pulsaban impotentes el botón de abrir las puertas sin saber que tú estabas ejerciendo todo tu poder sobre el aparato! Por no hablar del pobre diablo que entra en el portal y se dirige corriendo al ascensor para evitar que se le escape, con las puertas ya casi cerradas, y consigue meter un brazo para intentar retenerlo... Y tú, en tu planta, escuchas un grito desgarrador e instantes después se abre el ascensor ante ti con un brazo en el suelo, un brazo que me imagino dando saltos en un charco de sangre, como un pez fuera del agua, no sé muy bien por qué, y tú miras el brazo como con asco, como si el perro del inquilino del cuarto se hubiera vuelto a cagar, y bajas en el ascensor y sales por encima del cuerpo exangüe de tu vecino mientras piensas ahí te jodas, no haber intentado robarme el ascensor.

¿Y qué pasaría si dos personas en diferentes plantas pulsaran simultáneamente el botón de llamada con el firme propósito de perecer antes que soltar el pulsador y ceder el turno? Me pregunto si sucedería algo parecido a cuando Harry Potter y Voldemort lanzan un hechizo a la vez y sus varitas se unen en un chorro de luz la hostia de cuco (un Priori Incantatem de manual, vaya) pero todo lo que hacen es mirarse con muchísima intensidad y apretar con más fuerza sus varitas. Imagino que sería algo más parecido a cuando dos contrincantes lanzaban un Kame Hame Ha (Onda vital...xa! para los que no tengan un B1 en japonés) en el juego de Dragon Ball GT de la PlayStation y había que pulsar el triángulo muy rápido y seguido para vencer. Algo así.

En esto pensaba (en esto y en si estas son las mismas personas que pulsan muy fuerte y durante mucho tiempo el botón de parada de los autobuses, pero no me quiero meter en terrenos farragosos) mientras esperaba el ascensor en casa de mi hermana, es decir, en el portal del edificio de mi hermana, no es que ella tenga su propio ascensor privado, aunque eso tendría muchísimo estilo, para una comida familiar navideña.

En estas comidas, algunos miembros de mi familia, con toda la buena intención del mundo, me proponen a veces diversas alternativas laborales que pueden encajar más o menos con mi preparación o con mis inquietudes. Como si pensaran que actualizar una vez cada dos o tres meses este vuestro blog del espacio exterior no fuera suficiente para ganarse la vida. Hablando de los diversos gastos que se hacen en estas fiestas, salió el tema de lo que algunas personas pueden llegar a pagar por un peinado para, por ejemplo, fin de año. Y eso por no hablar de lo que puede invertir una novia en su cabellera para el día de su boda. La cosa estaba muy clara: alguna gente gasta mucho dinero en peluquería, hazte peluquero. Blanco y en vasija.

A veces, por darles el gusto, les sigo la corriente. Y la verdad es que bien pensado hasta a mí me empezó a parecer un buen negocio. Si hay gente dispuesta a pagar, como poco, 300 machacantes en una sesión de peluquería, con trabajar, qué se yo, cuatro días al mes, no hay que ser ambicioso, tendría la vida resuelta. Entonces, como si el plan no hubiera sido suyo originalmente, le empezaron a ver lagunas a la idea. No podría hacer tan pocos trabajos al mes porque con ese dinero no podría pagar el alquiler de una peluquería y, siendo así, ¿dónde iba a atender a mis clientes? Es más, ¿dónde iba a captar clientes?

¿En serio? ¿Ese es el único problemilla que le veis al plan? El principal escollo es dónde voy a hacerlo, no que no tenga ni idea de peluquería y que sea tan de fiar con unas tijeras cerca de tus orejas como un socorrista sin brazos (un socorrista sin brazos, se entiende, trabajando en una playa o en una piscina, no cerca de tus orejas, que como mucho podría mordértelas, pero no usar unas tijeras en tu contra). Ya veo a mi familia, el día que se me ocurra ponerme a operar a corazón abierto en plan autónomo (que puede pasar en cualquier momento), poniéndose muy seria y diciéndome "a ver dónde vas a hacer eso, que vas a dejar el salón hecho un asco".

Pero que vamos, si el único problema es ese, la captación de clientes, qué se yo, haré tarjetas, repartiré flyers, me anunciaré en internet, qué más da, voy a ser rico, puedo alquilar una valla publicitaria en medio de la Gran Vía. ¿Quién, en su sano juicio, no acudiría inmediatamente al anuncio de "córtate el pelo a un precio desorbitado con el peor peluquero del mundo en el salón de su casa"? Me parece una publicidad genial.

Y si el problema es mi técnica, lo único que tengo que hacer es ponerme a practicar. ¿No hay una teoría que afirma que todo lo que se necesita para ser un maestro en algo son 10.000 horas de práctica? Lo que necesito ahora son voluntarios-víctima con poco aprecio por su pelo. Quizás pueda obligar a mis vecinos a ser mis conejillos de Indias secuestrándolos apretando muy fuerte el botón del ascensor con ellos dentro.

Me voy a hacer de oro.

2/11/16

La pala

Me estaba preparando la cena cuando mis oídos captaron una frase proveniente de la tele, que alguien había dejado encendida en el salón: “hay dos tipos de amigo, los que cuando los llamas para decirles que has matado a alguien se llevan las manos a la cabeza y los que acuden corriendo con una pala”.

El autor de la frase, al que no llegué a ver, lo decía además con un tono que no me gustó nada, como con retintín. Que yo pensé, puestos a eso, hay dos tipos de amigos, los que matan a gente y los que no.

Pero lo cierto es que me hizo pensar y me quedé dándole vueltas al asunto. ¿Qué tipo de amigo soy yo? Joder, yo quiero ser el intrépido, el audaz, el que sale corriendo para ayudarte a deshacerte de un cadáver sin hacer preguntas. Pero también pensé que depende de qué tipo de amigo sea el que me llame, porque hay algunos que solo te llaman cuando les ha dejado la novia o cuando tienen que enterrar a un muerto.

Pero supongamos que es un amigo fiel, de los de toda la vida, de los de antes de Facebook, el que me llama y me dice: “oye, tío, que he matado a alguien”. ¿Qué tipo de persona soy yo? ¿El de las manos a la cabeza o el de la pala?

Yo quiero ser el segundo, el de la pala. Que cuando me llames lo deje todo y salga corriendo en tu ayuda. Lo primero, conseguir la pala. ¿Dónde compro una? En mi vida he comprado una pala. Voy al todo a cien de la esquina y entre tendales, libretas, trapos y barajas de cartas, encuentro palas. Pero algo me dice que esa pala con la cabeza de Hello Kitty en el mango puede que sea muy útil para hacer un castillo en la arena, pero no para hacer desaparecer un cadáver. ¡Una ferretería! Eso es lo que me hace falta, qué listo soy, joder. Vale, ¿dónde hay una? ¿Siguen existiendo? ¿No se hace todo ya por wifi?

Google Maps me dice que hay una cerca. En mi propio barrio. Qué cosas. Me quedo un poco sorprendido con todo lo que se vende en una ferretería. ¿De verdad que hay gente que usa todos estos cachivaches? ¡Céntrate! ¡La pala! Vale, sí, tienes razón. Encuentro la sección de las palas y ahora vienen los problemas. ¿La quiero plana o redonda? No puedo pedirle ayuda al tendero sin levantar sospechas... Mierda, nunca he sido muy bueno tomando decisiones. Yahoo Answers no me ayuda demasiado, la mayoría de los comentarios dicen que con la ayuda de Dios, que nos ama a todos, cualquiera de las dos palas servirá. Muy bien, escojo una gracias al pito, pito, colorito... ¿O era pinto, pinto, gorgorito? ¡Céntrate!

Llevo la pala a la caja y, como siempre, no llevo suelto. No se puede pagar con tarjeta. ¡Me cago en Satanás! Voy corriendo a un cajero a sacar pasta. ¿Tres euros de comisión? ¿Estamos locos? ¿En qué tipo de país vivimos que permitimos con tamaña pasividad que los bancos nos roben de esta manera? ¿Es que no tuvimos bastante con las preferentes? Me niego. Saco la tarjeta y voy en busca de otro cajero. ¡Oye, que tu amigo te espera, no seas rata! No es el por el dinero, ¡es por principios! Pero tienes razón, lo primero es lo primero. Vuelvo al cajero y el cajero se me traga la tarjeta. Porque sí, por joder. Porque soy el tipo de persona al que le pasan estas cosas. Porque cuando más prisa tengo por enviar un documento, se me jode el wifi; porque cuando más apurado estoy por acabar un vídeo, se me jode el ordenador. Es La ley de Murphy 2.0, seguramente una suerte de castigo cósmico por dejarlo todo siempre para última hora. Así que si tienes pensado matar a alguien, llámame con tiempo para que me organice.

Finalmente vuelvo a casa y rebusco en los cajones, debajo de los cojines y en los bolsillos de chaquetas y pantalones hasta que reúno el dinero suficiente para la pala. Cuando vuelvo, la ferretería ya está cerrada. Tendré que volver al día siguiente, porque vaya mierda de amigo de la pala sería si apareciera sin la puta pala.

El caso es que, tarde o temprano, más tarde que temprano, los que me conocéis ya os hacéis a una idea, aparezco con la pala, te lo prometo. Cuando llego te encuentro al lado del cadáver de brazos cruzados y me pregunto qué coño has estado haciendo tú todo este tiempo mientras yo corría de un lado para otro, pero no es momento de reproches, ya bastantes explicaciones tendrás que darle a tu cura el próximo domingo. Me pongo a cavar como un descosido y, estaba claro, me da un ataque de asma. Porque resulta que mi asma, que llevaba una década sin dar señales de vida, se ha vuelto a manifestar, con bastante insistencia, desde la semana pasada. Y te juro que no es una excusa barata, que tengo testigos. Pero la tos no me da tregua y el polvo que se ha levantado al cavar no ayuda. Con los ojos rojos y llorosos, y tosiendo como un tuberculoso, me vas a tener que llevar a una farmacia si no quieres enterrar dos cadáveres en vez de uno.

Saliendo de la farmacia, tosiendo como un loco yo, mientras chupo del inhalador, y cubiertos de polvo y barro los dos, y seguramente tú de sangre también, pronto llamaríamos la atención de la policía.

Así que, en resumen, no sé si te compensa llamarme para esta clase de problemas. Lo que me lleva a pensar que hay dos tipos de personas, los que cuando matan a alguien llaman a su amigo con asma para cavar un hoyo y los que se libran de la cárcel. ¿Cuál quieres ser tú?

7/9/16

Superputada

Suspiró profundamente, dio un sorbo a su café y dudó unos instantes, sentado ante el escritorio de la trastienda, antes de levantar el auricular del teléfono. No sabía si le preocupaba más lo que a todas luces se avecinaba como un gran desembolso o la bronca que su mujer le iba a echar. Ya la podía escuchar en su cabeza. «¡Te lo dije!» Maldita la hora en que se negó a contratar aquel seguro. ¿Pero cómo podía él prever que alguien encontraría divertido pasar el tiempo lanzando piedras contra el escaparate de una tienda?

Buscó en su agenda y marcó el número de Alfredo, vidriero y amigo de toda la vida, y le explicó la situación.

—Mal asunto —le contestó.

Casi le da un infarto al escuchar el presupuesto aproximado que Alfredo le ofrecía. «Cagüendiosyenlavirgenputa», pensó. Y debió de pensarlo con mucha intensidad, porque Alfredo, solidarizado con la causa de su amigo, que siempre le había tratado bien y hecho ofertas y descuentos en su tienda, le dijo:

—Bueno, a ver... Si no es muy grave, igual podemos encontrar un apaño más barato. Mucho más barato.
—Te escucho.

Definitivamente, aquello le interesaba. Fuera lo que fuera, cualquier cosa sería mejor que arruinarse por culpa de un gamberro.

La mañana avanzó y, como de costumbre, Elena se dirigió a la tienda para relevar a su marido. Estaba de buen humor, hacía buen tiempo y la mayoría de la gente estaría en la playa, así que con un poco de suerte tendría tiempo de acabar la novela que estaba leyendo. No le preocupaba demasiado no hacer mucha caja hoy. El negocio iba bien y si todo seguía así las perspectivas eran buenas.  

Se detuvo al llegar al exterior de la tienda. Sacó el móvil y llamó a su marido para que saliese del interior. Es cierto que podría haberse ahorrado la llamada y entrar a buscarlo, pero no podía apartar los ojos del escaparate. 

El hombre se dirigió a la calle, al encuentro de esposa, como si avanzara hacia el patíbulo.

—A ver cómo te lo explico...


3/8/16

España, 2020

Es la imagen de un hombre abatido. Está sentado en un banco de una calle cualquiera de Pontevedra con la mirada perdida, la vista clavada en algún punto del pasado. Suspira profundamente. Ella pasa por delante de él y se sienta en el otro extremo del banco, dejando cierta distancia entre ellos. No se saludan. Aunque se conocen perfectamente, los dos mantienen la vista al frente, como si no quisieran que los vieran hablando, como en una película de espías. Él es el primero en romper el silencio.

—¿Sabes lo que se siente? Ser declarado persona non grata en tu propia ciudad... ¿Puedes siquiera imaginar cómo duele?

No, no puede. Ella es la ama y señora de su ciudad.

—Creía que eras de Santiago...

La mira de reojo, molesto. Vuelve la vista al frente. Ella se arma de paciencia.

—No es momento para deprimirse. ¿Crees que yo me desanimé mientras me disparaban en aquel hotel de Bombay? ¿Mientras corría descalza sobre charcos de sangre y cristales rotos? ¿Mientras las balas me silbaban en los oídos?

—Coño, Espe, ya no sabes qué excusa usar para contar esa historia.

Espe se ríe.

—Bueno... Tampoco perdí la calma en ningún momento cuando el helicóptero en el que viajaba se precipitaba al vacío...

Él la interrumpe con una mirada furibunda.

—Es verdad, tú también estabas. Pues no sé qué decirte... ¿Te he contado ya aquella vez en la que atropellé a un policía y luego me di a la fuga? ¡Cómo nos reímos!

Él la mira con desaprobación. Ella le pone una mano en la pierna.

—Ánimo, Mariano —dice mientras se levanta y se va—. A la novena va la vencida.

A solas con sus pensamientos, Mariano suspira de nuevo. Se pregunta por qué no acaba de quererle un país al que él tanto ama y por el que tanto ha hecho; por qué no terminan de dejarse seducir todos los españoles por su magnífico partido. ¿Será porque carece del carisma y la presencia propias de un líder natural? ¿O será por el paro, la corrupción, las tarjetas black, las mordazas, los desahucios, los rescates, los recortes, la financiación ilegal, el abaratamiento del despido o las frases carentes de sentido? La primera opción es imposible, se dice a sí mismo. No hay más que verme, qué planta, qué talante... Las señoras me adoran. ¿Y la segunda? La segunda ya tal.